Un día en la vida de un programador de software
Estudié cuatro años en CAECE. Me enseñaron todas las buenas costumbres
de la programación. En cada trabajo me exigían diagramas de flujo y
seudocódigos, además del código propiamente dicho, el cual tenía que
ser más o menos eficiente. Pero ya me recibí, no necesito seguir
haciendo todo esto. Ahora me piden algo y voy directo al C++. Lo único
que me exigen es resultados y puntualidad.
En mi teclado ya no se ven las letras. No las neecesito, sé dónde está
cada una. Una vez no tenía nada que hacer y me mandé una rutina que le
cambió las letras de lugar al de al lado. Nos reimos muchísimo.
Me gusta poner pequeños detalles ocultos en mis programas. Mensajes
que aparecen cuando uno realiza, por casualidad o no, determinadas
operaciones no documentadas. La macana es que también me gusta la
sutileza y escondo demasiado estas cosas, por lo que los únicos que
las han visto son aquellos a los que se las mostré.
En casa tengo una conexión de ADSL que a veces me trae problemas. Odio
hablar con el servicio técnico. Me hacen repasar lo obvio, lo que ya
había repasado, sin percatarse de que yo llamo únicamente cuando tengo
un problema de verdad. Lógicamente lo derivan a los sectores
correspondientes y tengo que volver a llamar y explicarles de nuevo
todo, soportando otra vez las revisiones a prueba de estúpidos.
Para divertirme no necesito gráficos elaborados. Si fuera por mí los
fabricantes de aceleradoras de gráficos se fundirían. Dos juegos
ocupan mi tiempo. Uno es el Truco Arbiser de 1986, con cuatro colores
para las cartas pero que sabe jugar, que es lo que importa. El otro es
el de la víbora que tiene que llegar a determinado punto, que tengo en
mi celular.
Cuando voy al cine, en cambio, prefiero las películas de efectos especiales.
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