28.6.05

sin género femenino


HUGO ZUGUEB

El tipo abrió los ojos y lanzó un suspiro. Caminó hacia el vehículo y
condujo sin siquiera desayunar. El cuchillo posaba obsceno a su lado. Los
otros automovilistas no eran más que puntos difusos huyendo de planos. Un
bostezo y un faso para vencer al sueño.
Y el asfalto apilaba kilómetros para alejarse de un presente imperfecto. Los
autos se abrían a su paso y no volvían a juntarse luego y así avanzaba, sin
testigos que supieran de él, indiferentes a su destino.
Al llegar el sol a lo más alto del firmamento, el tipo notó que todo signo
urbano había desaparecido y que ahora el paraje ante sus ojos no era más que
verde, animales y cielo. Paró a un costado del camino y detrás de un árbol
se puso a mear. Incómodo, intuyó que alguien lo observaba. No divisaba autos
a lo largo del camino y tal vez así sería hasta el borde del horizonte. Pero
aún continuaba intimidado. Al volverse se topó con los húmedos ojos de un
toro posados en él. "¡Carajo"!, exclamó al silencio y al animal. Éste
exhibía sus cuernos con orgullo y el tipo pensó que jamás podría mostrar los
suyos con tal desparpajo. Y volvió al cuchillo y al motivo de aquel viaje.
El amor suele lastimar pero ahora tocaba su turno. Con el brazo despidió al
toro y se marchó por donde había llegado. El animal lo vió alejarse con
desgano y volvió a acomodarse impávido en el corazón de sus silencios.
De tanto en tanto, aislados pueblos se presentaban uniformes como blancos
muros y así partían, tan anónimos como entonces. Y el crepúsculo no era más
que un fondo perfecto para un grupo de exiliados pájaros sureños.
"Monte Buey" leyó de pronto el tipo al pasar un cartel desvencijado y aflojó
el pie del acelerador. Otro pueblo como tantos que habían desfilado en el
transcurso del día. Un nuevo bostezo y el décimo faso. El stéreo ofrecía el
canto del Polaco y tarareó sus versos de triunfos y ocasos. Sólo deseaba un
vaso de whisky y un buen colchón donde expandir sus huesos. Decidió que,
luego del trabajo, se haría de un pollo para comer en el cuarto de cualquier
hotelucho.
Dejó el auto oculto detrás de un cartel publicitario que invitaba a soñar y
entró sigiloso al poblado como entran los pecadores al templo en busca de
valor. El alumbrado público sólo consistía en un fatigado fogonazo que
pronto iría a ocultar su brillo. Los pueblerinos estaban ya en sus hogares
tibios dispuestos a comer, aparearse, engañarse y odiarse con desinterés.
Bajo un farol ciego, el tipo se detuvo para volver a mear. "Fumar siempre
hace mear", filosofó para sí. Tanteó el bolsillo del saco gris y allí
estaba, al acecho, el filo de acero para acabar con todo. El tipo conocía
bien aquél lugar. Dirigió sus pasos hacia el campito donde solía jugar al
fútbol con los muchachos y allí quedó algunos minutos, sentado en el banco
que aún llevaba inscripto su nombre. El pasado le carcomía el corazón y
lloró solitario por última vez en su pueblo. "Hacé el laburo y andáte", se
dijo.
Pensativo se incorporó, escupió tabaco y deambuló por el potrero sin balón
ni marcadores a su lado. Tomó el cuchillo por el mango y se lo llevó a un
costado del cuerpo. Mientras, el eco de lejanos ladridos preanunciaban un
final inesperado. Cruzó el asfalto, entró desencajado al humilde almacén y
encaró con odio al joven apoyado detrás del mostrador. El muchacho buscó
defenderse con un palo de béisbol pero el tipo fue más veloz. Apoyó el acero
mortal en el liso cuello y miró fijamente los ojos azules que tanto había
añorado. "A mí nadie me deja. Yo te quise tanto". Estaban enfrentados e
inmóviles. El joven quiso hablar pero el tipo no lo dejó. Hundió el cuchillo
hasta el fondo del pecho virgen mientras besaba sus labios para que no
hubiera gritos. El muchacho se desplomó en sus brazos y así quedaron durante
un tiempo prolongado. Ya no era más que otro punto difuso huyendo de planos.
El tipo lo dejó en el suelo y saqueó el negocio sin alterarse siquiera.
"El whisky es medio trucho pero el pollo está para chuparse los dedos",
sentenció sentado en el auto aparcado a un costado del camino. El cielo
plomizo servía de espejo para los espíritus miserables. El Polaco, por el
stéreo, volvía a desgranar sus lamentos. Comenzaba a amanecer cuando el tipo
prendió el último o el primer faso del día después de besar el pico que
despedía alcohol. Puso en marcha el vehículo y volvió por el camino brumoso.
A lo lejos, el toro podía oír su llanto.

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