Perfección - Cánepa
Todo era perfecto en esa habitación: ni una sola nota discordante.
Ahora empezaba a notar que podía hacer lo que quisiera, lo que se le ocurriera. No había impedimentos. Era el mejor momento de su vida. Acostado en su perezoso, pensaba que ya no había nada más mejor. La música clásica era de una exquisitez absoluta. Jamás había escuchado esa obra, pero le parecía de lo mejor. Nada más fabuloso, nada más hermoso para él que eso. El problema era que le agarró una sensación incontrolable, a saber, de utilizar esos poderes que había adquirido. Además, se preguntaba por qué tenía esa capacidad. "¿Será un castigo divino que hará que yo termine solo y amargado en la vida? ¿Acaso me hará desaparecer del mundo, teniendo en cuenta que hay veces que yo me odio a mí mismo y me quiero borrar del planeta? ¿Será como lo que le pasaba al protagonista de la zarpa de mono, o la pata de mono, al que todos sus deseos se le volvían en contra? ¿O será quizás más bien como una especie de recompensa, tras haber sido fustigado y haberme amargado tanto con la presencia de algunas personas? No lo sé. Algo debo hacer para averiguarlo."
Apagó su disco de música clásica. Es decir, apagó el equipo de música, no sin antes quitar el disco de la bandeja y guardarlo en su cajita. Buscó las llaves del auto. Salió a manejar y se olvidó de que había olvidado los cigarrillos. "No importa", pensó, un poco contrariado por esa sensación que lo ponía nervioso, esa sensación de que esa facultad que había adquirido se le iba a venir en contra. "¿Por qué pensaba esas cosas cuando era chico? ¿Quién me mandó a pensar en que las cosas desaparezcan si no son de mi agrado?"
Manejaba y todo le parecía maravilloso. Todo menos lo que estaba pensando. Sus ideas eran cada vez más oscuras, se sentía un poco peligroso. "Voy a enloquecer", dijo. "Me quiero serenar. Pero no puedo. Necesito quitarme estas ideas locas de mi cabeza."
De repente, las ideas locas de su cabeza desaparecieron. Ya no entendía bien qué hacía manejando. Se preguntó por qué no había traído los cigarrillos. Se bajó del auto y decidió comprar unos en un maxiquiosco. "Hace mucho tiempo que no estaba tan contento", se dijo a sí mismo. "Lo que no sé es por qué estoy tan contento". Decidió caminar hasta una plaza que había cerca. Se compró un helado de limón. Lo abrió y se lo comió a mordiscos, era un helado de agua. En palito. Se sentía bien. Se sentía muy fuerte. No sentía que tenía que comprar laxante.
Martín Hartmann
Ahora empezaba a notar que podía hacer lo que quisiera, lo que se le ocurriera. No había impedimentos. Era el mejor momento de su vida. Acostado en su perezoso, pensaba que ya no había nada más mejor. La música clásica era de una exquisitez absoluta. Jamás había escuchado esa obra, pero le parecía de lo mejor. Nada más fabuloso, nada más hermoso para él que eso. El problema era que le agarró una sensación incontrolable, a saber, de utilizar esos poderes que había adquirido. Además, se preguntaba por qué tenía esa capacidad. "¿Será un castigo divino que hará que yo termine solo y amargado en la vida? ¿Acaso me hará desaparecer del mundo, teniendo en cuenta que hay veces que yo me odio a mí mismo y me quiero borrar del planeta? ¿Será como lo que le pasaba al protagonista de la zarpa de mono, o la pata de mono, al que todos sus deseos se le volvían en contra? ¿O será quizás más bien como una especie de recompensa, tras haber sido fustigado y haberme amargado tanto con la presencia de algunas personas? No lo sé. Algo debo hacer para averiguarlo."
Apagó su disco de música clásica. Es decir, apagó el equipo de música, no sin antes quitar el disco de la bandeja y guardarlo en su cajita. Buscó las llaves del auto. Salió a manejar y se olvidó de que había olvidado los cigarrillos. "No importa", pensó, un poco contrariado por esa sensación que lo ponía nervioso, esa sensación de que esa facultad que había adquirido se le iba a venir en contra. "¿Por qué pensaba esas cosas cuando era chico? ¿Quién me mandó a pensar en que las cosas desaparezcan si no son de mi agrado?"
Manejaba y todo le parecía maravilloso. Todo menos lo que estaba pensando. Sus ideas eran cada vez más oscuras, se sentía un poco peligroso. "Voy a enloquecer", dijo. "Me quiero serenar. Pero no puedo. Necesito quitarme estas ideas locas de mi cabeza."
De repente, las ideas locas de su cabeza desaparecieron. Ya no entendía bien qué hacía manejando. Se preguntó por qué no había traído los cigarrillos. Se bajó del auto y decidió comprar unos en un maxiquiosco. "Hace mucho tiempo que no estaba tan contento", se dijo a sí mismo. "Lo que no sé es por qué estoy tan contento". Decidió caminar hasta una plaza que había cerca. Se compró un helado de limón. Lo abrió y se lo comió a mordiscos, era un helado de agua. En palito. Se sentía bien. Se sentía muy fuerte. No sentía que tenía que comprar laxante.
Martín Hartmann
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home