no responde a ninguna consigna y lo escribí antes de empezar el taller
por Martín Hartmann
Eran las cuatro de la mañana. Antonella y Gregorio estaban durmiendo. De repente, Gregorio se despertó y le habló a su mujer, quien hasta ese momento continuaba durmiendo:
-Antonella, siento que se avecinan imparables aires de renovación social.
-Bueno, pero si te vas a tirar un pedo, te pido por favor que te levantes y vayas al baño.
Gregorio se levantó, pero no fue al baño, sino al living-room, donde se puso a revisar su extensa biblioteca hasta encontrar un libro de imágenes que decidió tomar: Oriental erotic art, de Philip Rawson. "Este libro me ayudará a quedarme dormido nuevamente", se dijo a sí mismo.
Tras terminar su libro, y al ver que no se podía dormir, decidió ir hasta su escritorio, agarrar el aparato telefónico y llamar a su psicoanalista.
-¿Diga?
-Este... ¿Felipe?
-Sí, el mismo.
-Ah, qué tal, le habla Gregorio... Disculpe que le interrumpa a estas horas...
-No hay problema.
-No estaba usted durmiendo, ¿no?
-No.
-¿Seguro?
-No se preocupe. ¿Cuál es el motivo de su llamada?
-No me puedo dormir. Siento que se avecinan imparables aires de renovación social.
-Ajá.
-Y no me puedo dormir, como ya le dije.
-Y dígame, ¿cómo son esos aires?
-Imparables. Se avecinan. Y son imparables.
-Comprendo.
-Y le reitero que no me puedo dormir.
-Entiendo. ¿Y hay algo que usted puede asociar con eso?
-¿Con qué cosa? ¿Con los imparables aires de renovación social que siento que se avecinan, o con que no me puedo dormir?
-Con cualquiera de los dos, o con los dos.
-Con cualquiera o con los dos -repitió Gregorio, y se quedó un rato pensando con el tubo del teléfono en la oreja, hasta que su psicoanalista le habló.
-Sí. ¿Hay algo que se le ocurra?
-No. Pero ahora me viene a la mente una canción de un conjunto español de los noventa que a mí me gustaba mucho... No me acuerdo ni el nombre del conjunto ni el de la canción, pero ¿quiere que se la cante?
-Dejémoslo para otro día, mejor. Quizás a usted lo que le conviene sería tomar un vaso de leche, o contar ovejas. ¿Sabe contar ovejas?
-No, jamás lo practiqué. Pero puedo intentarlo, seguro que sí, debe ser fácil.
-Perfecto. Haga lo que le dije, y lo espero en mi consultorio el jueves...
-En el horario que ya habíamos quedado -dijo rápidamente Gregorio.
-Sí.
-A las...
-A las quince horas del día miércoles, Gregorio.
-Bueno, gracias de veras. Muchas gracias por su ayuda.
-No es nada. Que esté bien.
-Gracias. Chau. Hasta luego.
-Hasta el miércoles.
Gregorio escuchó a su psicoanalista cortar el teléfono, y luego colgó el tubo él también. Volvió a su habitación y le preguntó a Antonella si alguna vez en su vida iba a tener un mejor psicoanalista que Felipe:
-¿Alguna vez en mi vida voy a tener un mejor psicoanalista que Felipe?
-Qué se yo -contestó Antonella, con un tono de voz poco cordial, mientras se acomodaba la almohada de modo tal que no pudieran entrar en su oído más palabras de su marido.
Felipe se acostó y finalmente se durmió, pensando en muchas ovejas que cruzaban todas juntas un pequeño arroyo, y en un pastor que iba saltando por todos lados justo detrás de ellas.
Eran las cuatro de la mañana. Antonella y Gregorio estaban durmiendo. De repente, Gregorio se despertó y le habló a su mujer, quien hasta ese momento continuaba durmiendo:
-Antonella, siento que se avecinan imparables aires de renovación social.
-Bueno, pero si te vas a tirar un pedo, te pido por favor que te levantes y vayas al baño.
Gregorio se levantó, pero no fue al baño, sino al living-room, donde se puso a revisar su extensa biblioteca hasta encontrar un libro de imágenes que decidió tomar: Oriental erotic art, de Philip Rawson. "Este libro me ayudará a quedarme dormido nuevamente", se dijo a sí mismo.
Tras terminar su libro, y al ver que no se podía dormir, decidió ir hasta su escritorio, agarrar el aparato telefónico y llamar a su psicoanalista.
-¿Diga?
-Este... ¿Felipe?
-Sí, el mismo.
-Ah, qué tal, le habla Gregorio... Disculpe que le interrumpa a estas horas...
-No hay problema.
-No estaba usted durmiendo, ¿no?
-No.
-¿Seguro?
-No se preocupe. ¿Cuál es el motivo de su llamada?
-No me puedo dormir. Siento que se avecinan imparables aires de renovación social.
-Ajá.
-Y no me puedo dormir, como ya le dije.
-Y dígame, ¿cómo son esos aires?
-Imparables. Se avecinan. Y son imparables.
-Comprendo.
-Y le reitero que no me puedo dormir.
-Entiendo. ¿Y hay algo que usted puede asociar con eso?
-¿Con qué cosa? ¿Con los imparables aires de renovación social que siento que se avecinan, o con que no me puedo dormir?
-Con cualquiera de los dos, o con los dos.
-Con cualquiera o con los dos -repitió Gregorio, y se quedó un rato pensando con el tubo del teléfono en la oreja, hasta que su psicoanalista le habló.
-Sí. ¿Hay algo que se le ocurra?
-No. Pero ahora me viene a la mente una canción de un conjunto español de los noventa que a mí me gustaba mucho... No me acuerdo ni el nombre del conjunto ni el de la canción, pero ¿quiere que se la cante?
-Dejémoslo para otro día, mejor. Quizás a usted lo que le conviene sería tomar un vaso de leche, o contar ovejas. ¿Sabe contar ovejas?
-No, jamás lo practiqué. Pero puedo intentarlo, seguro que sí, debe ser fácil.
-Perfecto. Haga lo que le dije, y lo espero en mi consultorio el jueves...
-En el horario que ya habíamos quedado -dijo rápidamente Gregorio.
-Sí.
-A las...
-A las quince horas del día miércoles, Gregorio.
-Bueno, gracias de veras. Muchas gracias por su ayuda.
-No es nada. Que esté bien.
-Gracias. Chau. Hasta luego.
-Hasta el miércoles.
Gregorio escuchó a su psicoanalista cortar el teléfono, y luego colgó el tubo él también. Volvió a su habitación y le preguntó a Antonella si alguna vez en su vida iba a tener un mejor psicoanalista que Felipe:
-¿Alguna vez en mi vida voy a tener un mejor psicoanalista que Felipe?
-Qué se yo -contestó Antonella, con un tono de voz poco cordial, mientras se acomodaba la almohada de modo tal que no pudieran entrar en su oído más palabras de su marido.
Felipe se acostó y finalmente se durmió, pensando en muchas ovejas que cruzaban todas juntas un pequeño arroyo, y en un pastor que iba saltando por todos lados justo detrás de ellas.
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