28.6.05

luces de candilejas


HUGO ZUGUEB

Volar para posar mi cuerpecito en la estatua que tanto odio. Defecar sobre
su crisma con descaro (y también con fuerza) y levantar vuelo una vez más.
Cantar o silbar una melodía melosa con el único propósito de cortarle la
siesta a los habitantes.
¡Levántense! ¡A trabajar, vagos! ¡Já! Qué placer liberar al lorito
endemoniado que llevamos dentro.
Y así paso las horas hasta el anochecer. ¡Cuánto deleite pisotear con
desparpajo los floridos jardines de las viejas chusmas! Saquear todos los
lirios y tirarlos al patio del vecino para causar una trifulca vecinal.
Y la noche también logra que añore una cita con el amor ¡Y ninguna lora a mi
lado!... 'chá la lo...
Sólo queda imitar el aullido del lobo para asustar a las estúpidas ovejas o
picotear las colas de los perros para que empiecen a ladrar. ¡Cuánto hastío
en este pueblo inmundo!
Ya sacié mi apetito con lechuga, ahora queda calmar mi apetito sexual.
¿Dónde una lorita para amar detrás del monte? Allí, donde los montañeses se
juntan a tomar para olvidar. ¡Já! Para que no olviden los desgraciados, si
la pasan mamados.
A mí también me gustaría tomar algo... una grapita con los viejos hediondos
de la despensa no estaría nada mal. Siempre empiezan con "la papita para el
loro, la papita..." ¡¡'Ma qué papita, estoy podrido de la papita!! ¡¡Dénme
grapa miserables!!
Y luego abandonar a estos mediocres con sus miserias. Ya no soporto tanta
simpleza.
Mi futuro habla de triunfos en el canto. ¿Para qué quedar a la sombra de las
candilejas? ¿Para comprobar el fracaso de mis sueños?
Vamos lorito, sólo intente desplegar sus esbeltas alitas y marchar hacia el
estrellato...
"¡Volare! Oh, oh... ¡Cantare! Oh, oh..."

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