18.6.05

Fábula

por Nicolás Di Candia

El lobo se despertó sintiéndose mal. Estaba indigestado. No tenía fuerza para levantarse. Pensó que podía ser víctima, al estar débil e inmóvil, de la selección natural, pero luego se acordó de que esa selección natural lo protegía espantando a cualquier posible depredador que viera su apariencia de lobo.
El lobo lamentó haber aceptado esa cena de reconciliación. Temió haber sido envenenado. Buscó un antídoto pero no lo encontró debido a la total ausencia de farmacias en el bosque.
De todos modos no lo habían envenenado. Se sentía mal únicamente como consecuencia de una actitud imprudente de su parte: le había dado como loco a las mollejas y ahora tenía que bancársela.
Decidido a recorrer el curso natural de la enfermedad (no le quedaba otra) el lobo se tranquilizó. Durmió un rato y se despertó sintiéndose un poco mejor. Ya podía caminar algo. Recorrió los alrededores de su morada en busca de algo para comer, preferentemente alguna fruta. Se encontró con que venía rondando para su lado una sandía (el bosque en el que vivía tenía pendiente). La atajó, comió un poco, escupió las semillas y guardó el resto para lo que quedaba de convalescencia.
El lobo tenía mucha bronca por su estado. Aunque fue mejorando, debió mantenerse inactivo durante tres días, y eso no le hace gracia a un lobo como él.
Así que cuando se vio recuperado buscó venganza. Infló su pecho y enfiló para la casa de sus ex anfitriones con intenciones de destruirla. "Ya van a ver esos tres chanchitos".