14.6.05

El olvido de Eduardo

Eduardo sabía perfectamente que las llaves de su auto tenían que andar por alguna parte, pero sin embargo no aparecían, lo cual no era pensado por él como una contradicción muy grande, puesto que él sabía muy bien que era un despistado.
Era hora de comprarse un llavero, uno de esos que vienen con una cadena que se enrolla como si fuera un caracol, y que van enganchados al pantalón, pero Eduardo, que era tan despistado, como ya dijimos antes, no se acordaba nunca de agarrar y comprarlo, en parte porque cuando después de buscarlas tanto las encontraba a las llaves, se desenvolvía en sus quehaceres, y ya no se acordaba más de su problema con las llaves.
Entonces siempre le pasaba lo mismo, siempre las perdía, y nunca hacía nada, sólo buscaba y buscaba, pero jamás buscaba bien, porque siempre tomaba la parte por el todo, es decir que echaba un rápido vistazo a la mesa, sin mirar por ejemplo si no andaban debajo de un libro, o se fijaba medio al voleo si estaban en la cama, pero sin estirar el acolchado o levantar las almohadas.
Muy cansado de buscar sin encontrar nada, decidió abrir la heladera para ver si había algún refresco que lo revitalizara un poco, y cuando sacó la coca-cola vio que detrás del tupper de arroz había un par de llaves, las llaves que buscaba, las llaves del auto, y ahí pensó de inmediato que tenía suerte de que dejaba la coca-cola ahí en medio de la heladera, al lado del tupper de arroz y no en la puerta de la heladera, que siempre al final se parte, porque las hacen con un plástico que es muy malo.
Eduardo salió rapidísimo para la Facultad, donde tenía que dar una clase de Metodología de la Investigación, y decir lo mismo de siempre, o sea que el método deductivo parte de lo general y va hacia lo particular, y que la verdad de la conclusión asegura la verdad de las premisas, pero en cambio que en el método inductivo se va de lo particular a lo general y por lo tanto la verdad de las premisas no asegura la verdad de la conclusión, y cosas como esas, que Eduardo no se las olvidaba nunca.

Martín Hartmann