18.6.05

Cuento pre-Maslíah 2

Mensaje para el vampiro

El jefe le extendió el sobre y Maricarmen Sorrento lo apretó
contra su pecho dejando escapar un gemido de desconsuelo. Si
quería conservar el trabajo, no le quedaba otra que ir.
Hacía dos meses había conseguido el puesto en la mensajería
puerta a puerta y, en gran parte, tuvo suerte. Pocos días antes,
había muerto su tío Pocho que, como muestra de gran cariño, le
heredó el scooter. "Locomoción propia" era uno de los
requisitos que pedía la empresa.
En Transilvania los caminos son pedregosos, no hubiese servido
una bicicleta, ni siquiera una bicicleta con cambios y ruedas con
cadenas. Se entregaban cartas, encomiendas, algunos
telegramas y los trayectos entre casa y casa eran largos y
dificultosos; para evitar demoras e inconvenientes cada
repartidor tenía una estricta organización diaria que cumplir. A
Maricarmen solía tocarle los comercios de las calles céntricas.
La rutina era liviana, le sobraba tiempo para mirar vidrieras y no
faltaba quien la invitara a tomar una taza de té con leche o unas
rosquitas calientes, y de paso chismosear un rato.
Por eso quedó conmocionada cuando el jefe la llamó a su
despacho y le habló de la carta que debía entregar esa misma
tarde. Con sellos circulares y estampillas procedentes de algún
país sudamericano venía el sobre dirigido al conde Drácula.
Antes de agarrar el sobre, Maricarmen miró a su jefe esperando
que tomara alguna medida de seguridad, o incluso se
arrepintiera al recordar su contextura pequeña y su inexperiencia
de empleada principiante, pero nada de esto sucedió. Lo único
que aquél agregó mientras terminaba de ordenar unas carpetas
fue: "Lo siento, pero usted es la única que tengo disponible hoy.
Además no quiero ningún otro problema con ese señor". Y sin
despejar la nube de misterio que envolvía su última frase, la
despidió deseándole un buen día.
Salió mirando a su alrededor, buscando otro repartidor que se
ofreciera acompañarla o, cuando menos, servirle de oreja para
descargar el espanto que se había apoderado de su cuerpo. No
era para menos. De pronto, ese día se había transformado en el
último de su vida. Tenía como destino visitar a su propio
verdugo y entregarle una carta que muy seguramente debía ser
una emboscada para atraer a mujeres jóvenes de cualquier
grupo o factor.
Permanecía parada en el hall de entrada sin decidirse a traspasar
el umbral que la separaba de la calle. Sin duda, el instinto de
sobrevivencia le impedía reaccionar: ¿cómo dirigirse
voluntariamente hacia el lugar donde nos espera el dolor, la
tortura, el exterminio?
Balanceándose como una autista se dirigió hacia el scooter,
guardó la carta en el bolsillo interior de su campera y encendió
el motor.
Naturalmente, para cuando Maricarmen llegó al castillo ya se
había hecho noche cerrada. Pero es cierto también que en
invierno los días eran extremadamente cortos, a las cinco de la
tarde se encendían los faroles de la calle y las ventanas
despedían destellos ocres que se confundían con el fuego de las
salamandras.
Maricarmen daba breves saltitos sobre el asiento, lo que
acentuaba la dureza de su estómago, el balanceo autista y la
mirada opaca del sentenciado a muerte. Todo el camino se
transformó en una larga despedida de sus seres queridos.
"Primo Ochi, me encantó volver a verte la Navidad pasada, es
una pena que ya no tengamos tiempo para hacer la cacería de
codornices". "Leo, hermana del alma, no te asustes, sólo me va
a quedar la marca de un mordisco, y con la mortaja ni se va a
notar. Te amo y quiero que te cases con Tomás si es el que más
te gusta, ya sabés que para mí es un poco idiota, pero lo que
importa es tu felicidad". "Abuelita Marta, sos grandiosa y no te
merecés sufrir como sufrís con todos esos achaques, espero que
mi ausencia no te quiebre. Tenés que ser fuerte, Leo te
necesita". Seguía despidiéndose de los vivos mientras se
acercaba a la curva que desembocaba en la morada del célebre
vampiro. Aunque todavía faltaban cien metros frenó, dejó el
scooter recostado sobre un árbol ceniciento y siguió el último
tramo caminando. Con tantas piedras y baches destrozaría la
suspensión de su motito y ya había decidido, en la distribución
mental de sus escasos bienes, que el scooter lo dejaría como
regalo de casamiento para Leo.
El llamador era una soga marinera de la cual se debía tirar, lo
extraño del mecanismo es que no emitía ningún sonido.
Maricarmen se frotó el sudor de las manos, rezó mentalmente el
rosario y agarró la soga tirándola hacia abajo. Nadie contestó.
Volvió a colgarse con tanta fuerza que se quemó las manos,
justo lo que faltaba para completar la escena de suspenso. Se
sopló las palmas ardidas sin dejar de vigilar a su alrededor, no
fuera a ser que se apareciera algo o alguien por detrás y, del
susto, cayera en el barranco que bordeaba el castillo.
Se sabía que el conde nunca salía, por eso tenía órdenes
precisas de esperar hasta que le abrieran la puerta. Pero esa
espera ya la estaba desesperando. Se envolvió las manos
estirando las mangas de su buzo y se enroscó a la soga con
brazos y piernas como a una liana. La insistencia fue efectiva
porque la ventanita enrejada se descorrió y aparecieron los ojos
rasgados del conde y la voz recién despabilada que preguntaba
quién llamaba a esas horas tan tempranas. Por las facciones y el
uso repetido de la ele, cualquiera hubiese jurado que el hombre
que estaba del otro lado de la puerta era chino o japonés.
–Esteeeeee, de la mensajería. Soy mensajera y tengo un
mensaje para usted –tartamudeó Maricarmen mientras saltaba
de la soga.
El conde se restregó los ojos y abrió la puerta.
–Estaba lejos y no había sentido que llamaban. Pase, pol favol.
–¡No! Digo, no se moleste. Puede firmarme acá y le doy la
carta –apuró ella mientras con una mano temblorosa le mostraba
la planilla y con la otra extendía el sobre.
El conde calló y apoyó el antebrazo en la bola de bronce que
hacía de picaporte. Aunque sólo podía verlo de perfil,
Maricarmen notó el semblante enfermizo y los movimientos
extraños de su boca.
–Peldone, no estoy bien. Necesito sentalme.
Y la dejó, sobre en mano, plantada en el marco de la puerta
mientras se retiraba al interior de la sala. Maricarmen pensó que
no podía irse sin entregar la carta, pero aunque la dejara en el
piso necesitaba la firma, si no constaba en la planilla su jefe la
haría regresar o, simplemente, la despediría.
En Transilvania las normas de envío y entrega de
correspondencia son severas, cualquier extravío o error puede
significar la pérdida del puesto. El correo es una institución
mucho más importante que la Comuna, incluso que la salud o la
educación pública. Todos los ciudadanos saben que su relación
con el resto del mundo está garantizada exclusivamente por el
servicio puerta a puerta.
No quedaba más que entrar y conseguir la firma del conde.
Atravesó la puerta y antes de avanzar corrió con el pie una
cadena que estaba en el piso y la dejó trabada de modo que no
se cerrara del todo. Adentro el viento frío se había disipado y
eso la tranquilizó un poco más, por lo menos una de las razones
que la hacían tiritar había desaparecido.
En la sala, iluminada por candelabros, el único mueble que se
veía era un sofá de tres metros de largo por dos de ancho. Ahí
se había acomodado Drácula, rodeado de almohadones rojos y
negros, con una frazada escocesa que lo cubría hasta la cintura.
Maricarmen se acercó previsora, con la espalda encorvada y en
puntas de pie, para mantenerse en guardia pero también para no
molestar al postrado que –le costaba admitirlo– había empezado
a compadecer.
–Em, señor, tengo la carta y la planilla.
–Ah, sí –contestó el conde detrás de un pañuelo que despedía
cierto aroma mentolado.
La escena se había congelado como en una película de cine
mudo: no había iniciativa ni nerviosismo ni estallido de cólera y,
menos que menos, vampirismo; no pasaba nada. Maricarmen lo
seguía mirando, incómoda y urgida.
El conde dejó de frotarse los labios con el pañuelo y haciendo
un esfuerzo evidente continuó.
–Vea, me siento muy mal. Y no me impolta lo que diga esa calta
que tlae usted. Como decía una vieja canción: "cuando pale el
lío lojo en tus venas, dí adios, amigo, polque todo se peldió,
todo se peldió..." Bueno, no sé cómo seguía pelo ela más o
menos así.
Terminó la frase y una bolita verde saltó de su boca como de
una pequeña catapulta. Maricarmen pensó que se trataba de un
diente que después de haber cumplido su función durante más
de ocho siglos, fue expulsado al entonar la canción.
–Ya estoy harto de chupar esa mentita de porquería. No sirve
para nada y encima me hace hablar como chino farsante. Dicen
que con eso se alivia la anemia, mentira, la mía es crónica y sin
cura. ¿Sabe qué? Se pueden ir todos a freír churros y bolas de
fraile a la Polinesia.
Maricarmen miró al hombre que levantaba su puño mientras
insultaba a médicos espectrales y enemigos insospechados, y se
dio cuenta que el verdadero peligro no iba a ser el mordisco
mortal sino el comportamiento de un vampiro enfermo, resentido
y ligeramente trastornado.
Tímidamente sacudió el sobre en el aire con la intención de
recordar al conde el motivo de su visita.
–Está bien. Déme eso de una buena vez. ¿Dónde dice que tengo
que firmar?
–Acá –dijo señalando con el dedo un renglón de la planilla.
–¿Me la lee?
–¿Cómo?
–Si puede leerme la carta. Dejé mis anteojos en el despacho del
primer piso y si me levanto en este estado puedo debilitarme
todavía más.
–Es que sería una infidencia de mi parte –respondió ella con más
ansias de marcharse que de cumplir el reglamento que prohibía a
los empleados de la mensajería violar la correspondencia.
–Pero yo la autorizo. Vamos, lea, lea.
Maricarmen sacudió el sobre, recortó un extremo y sacó el
papel doblado en dos. Se acercó al candelabro que tenía más
próximo y comenzó a leer con voz pausada, como si tuviese un
hipoacústico delante que debía descifrar el movimiento de sus
labios.
Era una invitación honorífica para asistir al encuentro vampírico
mundial que se llevaría a cabo en una ciudad del nordeste
brasileño. Por supuesto, todo pago.
–también nos complace anunciarle que este año usted ha sido
nominado para el premio a la trayectoria, además de su
inigualable prestancia, y su sentido de
–Ya, ya, ya. Me tienen harto, son unos latosos.
–Pero, ¿no piensa viajar? –preguntó Maricarmen bruscamente
interesada en la carrera internacional del condecorado.
–Claro que no. No ve que soy un enfermo crónico, además no
me atrae en absoluto cruzar el océano para caer en un país
poblado de salvajes.
–¿Y el premio?
–Si lo gano pueden guardarlo, o enviármelo por correo. Ahí va
a tener usted la oportunidad de traerlo, desenvolverlo y
apreciarlo personalmente. ¿Saciada?
–Disculpemé, pero me parece un error –afirmó Maricarmen
mientras se hacía lugar en una esquina del sofá gigante– No
puede faltar a un evento así, está nominado a un premio
internacional y usted tiene el deber de representar a la patria.
Llegó nuestra hora. Rumania se enaltece y el este de Europa
brilla ante los ojos del mundo. ¿Le parece poca cosa?
Además le pagan todo: pasaje, hotel, comidas, también habrán
contratado un tour que lo haga conocer las delicias de ese país
exótico. Y quién le dice que el viaje no lo ayude a recuperarse.
El conde estiró la frazada y la subió hasta los hombros, con el
cuerpo tapado se acentuaba el color sepia de su cuello y la cara
demacrada por la anemia.
–En mi vida se acabaron las delicias, señorita. Estoy en tiempo
de descuento.
Despreocupada de la tristeza que transmitían estas palabras,
Maricarmen sintió que se presentaba una gran oportunidad.
–No sé, si usted quiere, yo puedo acompañarlo.
Drácula frunció el entrecejo.
–Se va a aburrir, además –hizo una pausa incómoda, buscando
las palabras justas– además no creo poder garantizarle plena
seguridad. Hace tiempo que se perdieron los códigos y hay
colegas capaces de atacarla en cualquier momento y lugar. La
desfachatez está a la orden del día. Es un responsabilidad muy
grande. No.
La ambición de Maricarmen había crecido tanto como el pánico
que sentía cuando llegó al castillo.
–Está claro que usted va a necesitar una secretaria, y yo tengo
conocimientos básicos de portugués y de español. Aprendí por
correspondencia y me sirvió mucho para entender las
telenovelas de la tarde, si quiere le hago una demostración. Bem-
vindo es bienvenido, entonces cuando baje del avión le van a
decir bem-vindo y usted tiene que contestar o brigado que
quiere decir "muchas gracias".
–Momento, momento, momento. Le dije que no voy a viajar y
usted propone ser mi secretaria.
–Creo que usted lo que no quiere es mostrar al mundo su actual
fragilidad, le hacen un homenaje, le prometen un premio, le
pagan el viaje y usted me dice que es un enfermo crónico, por
favor. Yo le digo que hay muchas personas como usted que de
un día para el otro se deprimen y piensan que la vida no vale
nada, que no tiene sentido, que ya la cosa se acabó, y bla y bla
y bla, pero en realidad tienen miedo. Se jubilan (y eso nos va a
tocar a todos algún día) y no tienen nada que hacer, entonces
¡pum! se les cae el mundo abajo. Yo le digo porque a mi abuela
Marta le pasa lo mismo, ahí la tiene hamacándose en su
mecedora todo el santo día, lloriqueando por sus achaques,
diciendo que tiene ganas de morirse y bobadas por el estilo.
El conde tosió y pensó que las cosas se le estaban yendo de las
manos. ¿Y si la chica tuviera razón? ¿Si de veras fuera tan
patético y cualunque?
–Está bien, lo voy a pensar.
–¿Pensar qué?
–Si viajo, si la llevo a usted.
Maricarmen, que ya estaba totalmente subida al sofá, dio un
salto con despecho.
–Le quiero decir una última cosa: ese río rojo al que usted
cantaba se le acabó por mediocre. Muchos, muchos hombres
desearían estar en su lugar, piénselo bien. Mañana espero la
carta con su respuesta. Le dejó mis datos en este papel, y no
me diga después que lo perdió o que no pudo levantarse o que
está corto de vista o que es analfabeto. Como dice mi abuela
Marta: ¡coraggio, cavalieri!
Y sacudiendo su melena cobriza, le dio la espalda y dejó al
deslucido vampiro jugueteando con los flecos de la frazada.

Alejandra Zina
Julio 2004

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