Cuento pre-Maslíah 1 (cuando todavía no éramos esta gran familia)
Kris
Debe ser una falla del compresor...
Tal vez nos excedimos en el combustible.
...sumado a un desgaste de la válvula neumática.
O quizás esta reacción de distancia y apatía sea sólo un efecto
temporario.
Pero...¡¿por qué?! Hicimos las mediciones, hicimos los
bocetos, las pruebas de resistencia, los materiales pasaron todos
los controles de calidad, no entiendo, te juro que no entiendo.
Yo tampoco tengo una respuesta, doctora. Si no hubo errores
en los cálculos, tenemos que admitir que se trató de la base
teórica que dio origen al robot.
No. Los fundamentos siguen siendo los mismos, no voy a
retractarme. Kris fue hecho para amar y ser amado, complacer
y ser complacido, no hubo equivocación en la gestación. ¿No te
das cuenta, Zanetti? Es un producto con una terminación
insuperable. Los colegas que pudieron verlo aplaudían con los
pies; sí, también estuvieron los envidiosos que decían que no
podía mezclar mi vida personal con la profesional, pero qué
mierda saben ellos de mis dos vidas. Ninguno de esos sátrapas
tiene siquiera el uno por ciento de todo lo que tiene mi robotito.
Kris es el hombre en mayúscula. Pude verlo actuar, vos también
lo viste, ¿o no te acordás de las pruebas que hicimos juntas?
Canta en todos los idiomas occidentales, baila salsa, tango,
bolero, melódico y rock and roll (y hasta domina algunas
técnicas orientales), puede ejercitar cualquier deporte que se
proponga, conoce el sabor de todos los vinos, el aroma de
todos los perfumes, carece de mal aliento, no se duerme
después del primer orgasmo, mi dios, adivina perfectamente las
posiciones que más te calientan, gusta del cine, el teatro, la
lectura, ceba mates a la mañana y cocina chop-suei a la noche,
no hace preguntas sobre horarios y visitas sospechosas, te hace
la mejor escena de celos que puedas imaginarte (después de una
furia como esas, ay, lo amás con locura), no te deja embarazada
(dado que su eyaculación no contiene espermatozoides, sino
unas células que se disuelven al contacto con los flujos
intravaginales), es sofisticado y rústico a la vez, posee
conocimientos de carpintería y botánica, adora la naturaleza
pero también sabe gozar de la adrenalina urbana, y hasta...
Doctora, disculpemé, pero se hizo tarde. Tengo que irme.
Está bien, Zanetti, andá.. Te pido que mañana me alcances un
tubo de nitrógeno, quiero probar una nueva combustión.
Como diga. Nos vemos mañana. Trate de descansar, doctora,
tiene unas ojeras terribles. ¿Se acuerda lo que me dijo una vez?
"Mente fresca, descubrimientos nuevos".
Sí, Zanetti. No te preocupes, andá nomás.
Elisa Zanetti salió sigilosa del laboratorio, eran más de la nueve
de la noche de un día demoledor. El "Proyecto Kris" peligraba y
la doctora Millius aunque le doliera admitirlo lo sabía.
Llevaban ocho años de investigaciones, pruebas fallidas,
manuscritos, diseños, y gracias a los subsidios de la Universidad
de Michigan y del gobierno de Eslovenia Isabel Millius era
descendiente de eslovenos y había visitado el país de sus
ancestros en busca de financiamiento habían podido contar con
una ingeniería de alta complejidad. Sin embargo, algo estaba
fallando. A Kris lo terminaron en abril, ya habían pasado dos
meses y todavía no daba muestras de acercamiento. La primera
etapa fue cumplir con un período de adaptación en el mundo
viviente, para ello tenía tres salidas semanales de 4 horas diarias.
El objetivo era que se familiarizara con los objetos, las personas
y el paisaje urbano, y supiera reconocer las diferencias que lo
separaban del resto pero también sus potencialidades y ventajas.
Las primeras salidas fueron agotadoras, Kris se desorientaba
con facilidad, muchas veces tardaba en regresar y se le acababa
el combustible en el camino, entonces Zanetti o Millius debían
salir a rastrearlo por el barrio y traerlo en taxi al laboratorio.
Transcurridas unas semanas, los resultados fueron mejorando,
ya casi no se notaba su motricidad artificial, se desplazaba con
soltura, había modelado una voz cálida y grave, no confundía el
español con otros idiomas (al comienzo, las frases le salían
repetidas en varias lenguas como una película con subtitulados
superpuestos), reconocía los códigos de cada lugar, entablaba
relación con la gente que se cruzaba e incluso había aprendido a
contar chistes que descostillaban de risa a las señoras que
esperaban en la cola del colectivo. Estos importantes avances
fueron directamente proporcionales a su progresiva
emancipación.
Primero empezó a demorarse en el regreso, llegaba dos o tres
horas más tarde de lo pautado; después fue apareciendo en
compañía de hombres o mujeres que conocía en un bar, el subte
o a la salida del cine, una vuelta quiso hospedar a una
adolescente que se había peleado con sus padres pero la
doctora Millius se ocupó de hacerles entender a ambos que eso
era imposible. La gota que rebalsó el vaso fue la noche en que
Kris regresó envuelto en una neblina de marihuana, con la
camisa algo raída y cantando una canción de cuna austríaca. Esa
noche, Isabel Millius estrujó la almohada y lloró su más grande
decepción. Estaba claro que ella no era la elegida, ni siquiera la
tenía en cuenta en sus partidas de ajedrez, prefería ir los
domingos a plaza Salguero y jugar con los viejitos jubilados.
Porque el motivo más trascendente del Proyecto Kris había sido
crearlo y tenerlo en exclusividad, no le interesaba ganar dinero ni
obtener más premios con el descubrimiento. Millius era una
mujer particular, por un lado había hecho una carrera brillante,
colmada de posgrados, doctorados y post-doctorados,
reconocida por sus pares, galardonada con premios nacionales
e internacionales, becas, viajes, publicaciones y, por el otro
lado, despertaba cierto rechazo en hombres y mujeres. Era
físicamente desgraciada: nariz respingada, ojos saltones, voz
chillona, chata de tetas, culo caído y muslos del tamaño de sus
pantorrillas. Pero ella prefirió hacer alguien que la amara así y no
retocar su cuerpo con cirugías desprolijas que la desfigurarían
más con los años. Por eso cuando comenzaron los desperfectos
en la conducta de Kris decidió, temporariamente y hasta que
reflexionara el origen de los hechos, guardarlo en la cámara
donde había sido concebido.
Cuando quedó sola en el laboratorio, con la cara descansando
sobre las palmas de sus manos, pensó en los consejos de
Zanetti, que en realidad eran sus propios consejos, y decidió ir a
recostarse unas horas, tenía que hacer el esfuerzo de dormir,
tenía que sacarse a Kris de la cabeza. Subió a la planta alta
donde tenía su departamento privado, algo modesto pese a su
abultada cuenta bancaria. Se puso su camisolín azul, se cepilló
con desgano los dientes y se hundió debajo de la frazada
eléctrica que había comprado en unas vacaciones jamaiquinas.
Apenas cerró los ojos volvió el sueño de siempre: ella nadando
en una enorme pileta de espuma verde, haciendo coreografías al
estilo Esther Williams, moviéndose como una sirena de acá para
allá y después el salto del cisne ante la mirada embelesada de su
único espectador, Kris, parado en el otro extremo de la pileta,
tirándole besitos con la mano. Isabel Millius se incorporó de
golpe, saltó de la cama y se puso el batón, bajó al laboratorio,
desactivó la alarma de la cámara y entró a verlo.
Recostado sobre una camilla de acero, con los ojos cerrados,
estaba Kris. Vestía como la última vez que salió a la calle:
vaqueros azules, camisa leñadora, la barba algo crecida, y los
pies desnudos (Zanetti le había quitado las medias y los zapatos
para que la humedad no oxidara los ligamentos electrónicos que
se anudaban en la planta de los pies). Parecía un náufrago por
su aspecto de descuido accidentado. Cuando se acercó al
borde de la camilla todavía olía a pino, el perfume que Isabel le
había comprado para la primera cena juntos. Acarició las líneas
de sus mejillas y se quedó unos minutos contemplándolo.
Rodaron algunas lágrimas por el cuello de la camisa de él y las
dejó que secaran solas. Isabel fue a buscar la banqueta que
hacía de escalón para trepar a la camilla, después se sacó el
batón y el camisolín y subió al cuerpo de Kris, rígido y apenas
tibio por el calor que emanaba de la losa radiante. Montada
sobre la pelvis del robot, Isabel empezó a moverse lentamente,
algo crujía debajo (piezas metálicas o las ingles de ella), las
caderas de Kris se desplazaron hacia un costado y tuvo que
acomodarlo para no caerse, siguió moviéndose con las manos
apoyadas en su pecho hasta que acabó con un gemido ronco.
Bajó de la camilla, se vistió y fue hasta el armario donde
guardaba las agujas magnéticas, buscó entre todas el grosor
adecuado, y volvió a donde estaba Kris. Isabel palpó la rótula
izquierda, cortó con el cúter un cuadradito de tres centímetros
del vaquero y hundió la aguja en la rodilla del robot.
No hubo chispazos ni ruidos extraños, solamente se sintió cierto
olor a plástico quemado, como un enchufe que se derrite
lentamente en la proximidad de una estufa.
Alejandra Zina
Agosto 2003
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