Consigna: diálogo donde todas las alocuciones son de 30 palabras, o algo así
María Inés
- Mirá, te llamé porque tenía que decirte algo. No creas que para mí es tan
fácil, como siempre creés, vos siempre minimizando todo. Bah, todo no. Sólo
a mí. Siempre.
- Uf, siempre con tu lamento. Tu lamento de nenita. Qué harta me tenés. Y
encima me hacés venir acá, al orto del mundo, a escuchar de nuevo tus
quejas.
- Pero te juro que esta vez te vas a sorprender, porque no son quejas. Más
bien lo contrario. Cuando me escuches te vas a dar cuenta. No te
equivoques...
- ¿Te parece? ¿De verdad? A ver... ¿cuándo me equivoqué yo? Porque,
querido, lamentablemente para vos, yo siempre, siempre, siempre, si querés
te lo digo en francés, toujours, tengo razón.
- Oh, estoy anticipando cómo esa soberbia se va a caer al piso en cualquier
momento, cómo esa cara amarga que tenés se va a sorprender, cómo esta vez
sí.
- ¿Esta vez sí qué, pelotudo? Haceme el favor. Bueno, la verdad que el mejor
favor que podrías hacer sería morirte, de golpe y con testigos, así todo se
resuelve rápido.
- Pero pará, escuchame. Siempre estás tan ansiosa que nunca se puede hablar
con vos. Todo tiene que ser bajo presión. Y perdoname, pero esa es una
costumbre de mierda.
- Ay, dios mío. Antes de decir una bajeza metele adelante la palabra
perdoname, que queda tan bien. Qué pedazo de enfermo sos. Qué hago acá, a
esta hora. Dios.
- Serás tan quejosa. Sos el ejemplo mundial de la queja, en el tomo uno,
página uno de la definición de mujer quejosa está tu foto. Y encima saliste
mal.
- Oh, perdón, no sabía que estaba hablando con un guapetón. La verdad,
dejame que te mire bien, no me había dado cuenta de lo bonito que sos. Es
increíble.
- La ironía no te queda bien, querida. Más bien te da un toque patético,
justo para completarla. Bah, en realidad la completan esos terribles bigotes
que nunca te depilás.
- La verdad es que no sé ni para qué te escucho. Sos un salame demandante y
quejoso. Me aburrís, ¿me entendiste? Mortalmente. Con todo lo que tengo que
hacer...
- Tal vez si no te tusaras los bigotes continuamente no te quedarían tan
mal. El problema es que te los retorcés. Si los aceptaras como son, sin
querer levantarlos...
- ¿Querés que hablemos de cosas que no se levantan? Me parece que no te
conviene, che. Y dale, no me hagás perder más tiempo. Para qué me llamaste.
Dale.
- ¿Ahora me apurás? Primero te complacés en torturarme, en hacerme ver lo
poco que te importa nada de lo que te diga y después me apurás. Pero qué
bueno.
- Uh, ya saltó la nobleza herida del conde del querosén. Te lo digo un
poquito más claro: me tenés repodrida y ya me quiero ir. En serio te digo.
- Ah, mirá. Resulta que ahora la señorita tiene cosas tan importantes que no
puede escuchar lo que tengo para decirle. Bueno, andate si querés. Si sos
tan brava, claro.
- No, puto. Me hiciste dejar lo que estaba haciendo y ahora decime lo que
tenías que decir. De acá no me muevo hasta escuchar eso tan importante que
decís.
- Bueno, no me gusta mucho este clima que se generó, pero quería decirte que
sos la mejor relación que tuve en mi vida, que cuando te vas lloro y...
- Llorás porque sos un trolo pero qué bueno que me digas estas cosas. Yo a
veces siento cosas parecidas. Cuando estoy con vos me siento flotando en las
nubes.
- En mi caso son nubes de algodón de azúcar y floto sobre el parque de
diversiones de Coney Island. Pero siempre quiero volver a la tierra, con
vos, dulce.
- Y yo cuando vos te vas registro la casa en busca de cosas que te hayas
olvidado, para poder recordarte. Busco pelos en la pileta del baño y todo.
- ¿En serio? Yo aspiro la superficie de las sábanas para encontrar restos de
tus escamas epidérmicas y una vez guardé los pedacitos de las uñas que te
habías cortado.
- Yo una vez me tomé el agua donde habías dejado la dentadura postiza toda
la noche. Y el otro día le pasé la lengua al interior de tus zapatillas.
- ¿Las de jugar a la pelota? Mi amor... yo, en cambio chupo el sector de la
almohada donde te babeás al dormir. Por supuesto que cuando vos no estás.
- ¿Tanto me extrañás? A mí me gusta el contenido de tus granos purulentos:
los atesoro en la preciosa cajita de música que me dejó mi querida abuelita
al morir.
- ¿En serio? No hay nada que me guste más que mascar muy despacio tu ropa
interior en mis ratos libres, sobre todo la que está ¿cómo decirlo? Un
poquitín marcada
- Ah, corazoncito, cómo tu grasa corporal encera mis sábanas y cómo me
gusta revolcarme allí. Si encuentro bolitas de moco las deposito bajo la
lengua, para que se disuelvan.
- Cómo me querés. Cómo me halaga eso. Creo que una de las mejores cosas que
me pasó en la vida fue verte desnuda y sin el ojo de vidrio.
- ¿De veras? Yo sentía tanta timidez. Pero quería presentarme así. Sin
artificios. Creo que fue mejor. Y los usos que pudimos darle a mi cavidad
ocular vacía ¿te acordás?
- ¿Cómo olvidarme? ¡De ningún modo! Fue muy intenso. De hecho recuerdo cómo
me gustó que me chuparas el muñón de mi brazo izquierdo. Nadie me lo había
hecho así.
- Es que no saben lo que hacen, todos los demás. Vos, en cambio, tenés una
capacidad especial, para entenderme y saber cómo soy. Nadie me conoció nunca
como vos.
- Yo podría decirte exactamente lo mismo, mi amor. Por eso, acá va lo que
quería decirte: ¿no te querés casar conmigo? Y por el sindicato tenemos
Carlos Paz.
- Ya sabés cual es mi respuesta, sí, sí, sí. Qué felices vamos a ser. Vamos
a ser la envidia del barrio. Y qué lindo es este anillo de diamantes.
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