Sin control
Por Nicolás Di Candia
Consigna: no mencionar personas
Revolviendo los cajones de todas sus oficinas, se frustraba. No aparecía por ningún lado. Ya había pasado un día entero, desperdiciado en la inutilidad de la búsqueda del control remoto. Al día siguiente, Dios llamó al Espíritu Santo para que lo ayudara. Ambos reiniciaron la búsqueda y estuvieron toda esa jornada repitiendo los pasos que el barba había estado haciendo. "Maldición, hast hace 1500 años no me pasaba esto", dijo la deidad.
El Espíritu Santo propuso un día más tarde cambiar el lugar de la búsqueda. Posiblemente algún alma confundida se había llevado el control. En ese caso la situación era grave, porque se trataba del control remoto universal que Dios usaba, además de para cambiar canales, para ejecutar sus decisiones, desde la expansión del Universo (por suerte dejada desde hacía tiempo en modo automático) hasta los números ganadores de la Quiniela. Tardaron un día entero en inspeccionar las habitaciones desde donde las almas afortunadas que habían llegado ahí se aburrían contemplando su divinidad, a pesar de que, al ser almas, no tenían órgano alguno que permitiera la visión. Dios y el Espíritu Santo no encontraron en esos aposentos ninguna pista.
Al día siguiente, que ya era el cuarto sin control, la situación era grave. El Libre Albedrío se había hecho presente. Entonces le pidieron que los ayudara en la búsqueda, pero no quiso. Decepcionados, Dios y el Espíritu Santo dedicaron el día a relajarse para poder después buscar más tranquilos. Lo hicieron aplicándose entre sí avanzadas técnicas de reiki.
Luego de la noche seguían sin ideas. Llamaron entonces a la fábrica para que les proveyeran otro control. Los atendió una máquina que daba instrucciones sobre qué número marcar para acceder a las distintas áreas de la fábrica. Pero no pudieron hacer uso de ese menú porque tenían un teléfono de disco. Nueva frustración.
Al otro día el Espíritu Santo tuvo una idea. "¿Por qué no materializás un teléfono touch-tone? O mejor, ¿por qué no te materializás directamente otro control remoto y así termina de una vez esta ridícula charada?"
Dios se enojó. "¡¿No ves que no entendés nada?!" Dios explicó a los gritos que para hacer cualquiera de esas cosas necesitaba precisamente el control remoto que estaba buscando. Y, en su ira, echó al bienintencionado espíritu de su vista.
Dios quedó solo. Entonces tuvo una revelación. Pasando por un espejo notó un pequeño bulto en un bolsillo de su larga barba. Era el control. Yahvé lo había dejado ahí seis días antes, porque quería ir a la heladera a buscar algún snack para comer mientras miraba el segundo tiempo de Ferro-Huracán.
Dios, agotado por la semana entera de búsqueda del control y aliviado por su hallazgo, el séptimo día descansó.
Revolviendo los cajones de todas sus oficinas, se frustraba. No aparecía por ningún lado. Ya había pasado un día entero, desperdiciado en la inutilidad de la búsqueda del control remoto. Al día siguiente, Dios llamó al Espíritu Santo para que lo ayudara. Ambos reiniciaron la búsqueda y estuvieron toda esa jornada repitiendo los pasos que el barba había estado haciendo. "Maldición, hast hace 1500 años no me pasaba esto", dijo la deidad.
El Espíritu Santo propuso un día más tarde cambiar el lugar de la búsqueda. Posiblemente algún alma confundida se había llevado el control. En ese caso la situación era grave, porque se trataba del control remoto universal que Dios usaba, además de para cambiar canales, para ejecutar sus decisiones, desde la expansión del Universo (por suerte dejada desde hacía tiempo en modo automático) hasta los números ganadores de la Quiniela. Tardaron un día entero en inspeccionar las habitaciones desde donde las almas afortunadas que habían llegado ahí se aburrían contemplando su divinidad, a pesar de que, al ser almas, no tenían órgano alguno que permitiera la visión. Dios y el Espíritu Santo no encontraron en esos aposentos ninguna pista.
Al día siguiente, que ya era el cuarto sin control, la situación era grave. El Libre Albedrío se había hecho presente. Entonces le pidieron que los ayudara en la búsqueda, pero no quiso. Decepcionados, Dios y el Espíritu Santo dedicaron el día a relajarse para poder después buscar más tranquilos. Lo hicieron aplicándose entre sí avanzadas técnicas de reiki.
Luego de la noche seguían sin ideas. Llamaron entonces a la fábrica para que les proveyeran otro control. Los atendió una máquina que daba instrucciones sobre qué número marcar para acceder a las distintas áreas de la fábrica. Pero no pudieron hacer uso de ese menú porque tenían un teléfono de disco. Nueva frustración.
Al otro día el Espíritu Santo tuvo una idea. "¿Por qué no materializás un teléfono touch-tone? O mejor, ¿por qué no te materializás directamente otro control remoto y así termina de una vez esta ridícula charada?"
Dios se enojó. "¡¿No ves que no entendés nada?!" Dios explicó a los gritos que para hacer cualquiera de esas cosas necesitaba precisamente el control remoto que estaba buscando. Y, en su ira, echó al bienintencionado espíritu de su vista.
Dios quedó solo. Entonces tuvo una revelación. Pasando por un espejo notó un pequeño bulto en un bolsillo de su larga barba. Era el control. Yahvé lo había dejado ahí seis días antes, porque quería ir a la heladera a buscar algún snack para comer mientras miraba el segundo tiempo de Ferro-Huracán.
Dios, agotado por la semana entera de búsqueda del control y aliviado por su hallazgo, el séptimo día descansó.
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