18.5.05

Seis de la tarde

Título: Seis de la tarde.
Autora: María Inés Ferrero.
Consigna: Una de cada dos frases (entendiendo por frase lo que está entre dos
puntos, o entre el comienzo y el primer punto) debe tener como máximo tres
palabras.

Eran, más o menos, las seis de la tarde. El colectivo explotaba. El ramal
Gonzalez Catán había tardado en venir y venía cargado de adolescentes
insoportables, que se gritaban entre sí y clavaban sus carpetas en costillas
propias y ajenas. El la vio. Entre la gente densa, transpirada y fastidiosa la
entrevió sentada en uno de los asientos de atrás. Parecía un ángel.
Los escolares redoblaron sus alaridos: habían visto a algún conocido desde
arriba y le gritaban consignas en una jerga incomprensible, carcelaria. No le
importó. La vista de ella lo había aislado, se sintió totalmente transportado a
uno de esos momentos inefables, donde la felicidad se nos acerca y sabemos que
en el próximo instante podremos apresarla, o que nos evadirá grácilmente,
dejándonos en los dedos el suave y evasivo sabor de su tacto.
La miró. Con disimulada intensidad registró la imagen que podía distinguir
desde su lugar. Se fue acercando. Con la proximidad de ella, sintió
palpitaciones. Otra vez. Se preguntó por qué era aún tan niño, por qué no podía
controlar sus reacciones físicas. Se sintió tonto. Pero, decidido, con un
objetivo, abriéndose paso discretamente, siguió avanzando. Se detuvo. Por fin
estaba a su lado. Ella estaba distraída. Sin percatarse de su presencia, miraba
por la ventanilla alguna vereda intrascendente, algún cartel publicitario. La
miró más. Se empapó en el goce anticipado de su inocencia, entrecerrando los
ojos y respirando con profundidad. Se acercó. Ella lo miró de pronto, tal vez
sintiendo la intensidad de su mirada, y le dirigió una sonrisa casi
imperceptible, pero afable y comprensiva. Había tanta gente. El se decidió,
descartando titubeos y vacilaciones. Ahora o nunca. Actuó un vaivén impuesto
por el traqueteo del vehículo y casi cae sobre ella. Sus manos actuaron. Se
incorporó de inmediato, con un gesto torpe y musitando disculpas. Había salido
bien. La vista de la anciana volvió a distraerse en la ventanilla, sin haber
notado nada. El bajó.
En la calle, contó los billetes.