Completar cuento
Perfección
(Aldo Cánepa, autor uruguayo; completado por Nicolás Di Candia)
Un hombre se encontró un día en posesión de una facultad que desde su infancia había anhelado tener. ¿Por qué no sería posible, pensaba cuando tenía alguna contrariedad, que las personas y los animales y los objetos desagradables desaparecieran de mi vista en cuanto yo lo deseara?
Un muy buen día, ya casado y algo canoso, encontró de pronto que sus deseos se estaban cumpliendo totalmente. Lo notó primero, sin creerlo, en momentos en que se hallaba en su casa, recostado en un perezoso, oyendo música clásica. El mate, el termo, los cigarrillos, estaban al alcance de su mano, en una mesita baja. Sobre una repisa, junto a un florero, percibió una presencia molesta: un frasco de laxante. 'No debería estar ahí', pensó; y cerró los ojos para no verlo. Cuando los abrió, el frasco no estaba. 'Se lo habrá llevado mi señora', fue su conclusión.
Unos minutos después llegó un amigo, y su placidez se vio interrumpida. 'Si desapareciera...' se dijo mientras lo escuchaba hablar con entusiasmo de una porción de cosas que maldito si le interesaban. Súbitamente se encontró solo en la habitación. Tuvo todas las reacciones que semejante caso imponía: se restregó los ojos, sacudió enérgicamente la cabeza, tanteó la silla en la que un segundo antes se hallaba su amigo, recorrió la casa, preguntó a su mujer si fulano se había marchado. Su esposa lo había hecho entrar pero no lo había visto salir. Finalmente se convenció de que, por increíble que fuera, se estaba realizando el más querido de sus sueños.
Unas pocas experiencias con varios objetos poco útiles lo convencieron en forma definitiva. Recobró la serenidad. 'Debo aprovechar esta capacidad increíble, sin dejar saber a nadie que la poseo. Así llegaré muy pronto a la felicidad más completa'. Continuó escuchando música sinfónica en la misma habitación, recostado en el mismo perezoso, con una placidez a la que ahora se agregaba una nota triunfal. El mate y los cigarrillos sabían mejor que nunca. Hasta que se acabó el agua del termo y debió pedirle a su mujer que le calentara más.
Volvió ella con el termo lleno, pero en lugar de continuar con sus quehaceres se quedó contándole algunas nimiedades que no le permitieron gozar adecuadamente de la música y, como otras veces, lo fastidiaron. Apenas lo hubo pensado, su esposa desapareció. 'Mejor; así no me molestará más', pensó tras un breve instante de pánico. Y continuó con la audición, el mate y los cigarrillos. Todo era perfecto en esa habitación: ni una sola nota discordante.
Sin embargo, el mate y el cigarrillo venían con dos consecuencias poco deseables, ganas de ir al baño y cancer de pulmón respectivamente. Hizo uso de sus poderes, logrando la desmaterialización de las sustancias que su cuerpo había generado como respuesta a esos estímulos externos. Al pasar los días comprobó que ya no necesitaba asearse, le bastaba simplemente con desear que desapareciera la mugre, el material excedente de las uñas y también el de bajo ellas, los mocos, la cera de los oídos y todas esas cosas.
Con el tiempo empezó a usar su poder para joder al prójimo. Hizo desaparecer todos los tachos de basura de la ciudad, los bebederos de las plazas, el Ital-Park, parte de la capa de ozono, la Atlántida, las manos de Perón, el diario Perfil y dos carriles de la avenida Corrientes.
Una vez hizo desaparecer a Noruega y nadie se dio cuenta. Entusiasmado, hizo lo mismo con el principado de Mónaco, causando conmoción mundial.
Más tarde quiso aprovechar económicamente su poder. Pensó qué podía hacer. Tenía varias posibilidades. Podía poner una clínica para bajar de peso, pero eso iba a generar sospechas y seguía sin querer que la gente se enterara de su capacidad. Lo mismo pasaba si quería hacer biopsias. Pensó en convertirse en plomero, pero no le gustó porque si bien no iba a necesitar enchastrarse tenía que ver los enchastres. Decidió entonces ir los domingos a los bancos, hacer desaparecer a los guardias, las cámaras y las puertas y apoderarse de lo que le complaciera.
Un día no se supo más de él. Había hecho desaparecer todos los documentos que hacían alguna mención a su existencia, por menor que fuera. Obtuvo así completo anonimato, ya no tenía que rendir cuentas a persona ni ente algunos. Para los demás sólo existía en la vaga memoria de aquellos a quienes conocía y no había eliminado.
Aún en el anonimato, seguía sin sentirse completamente cómodo en el mundo. Le molestaban los días de lluvia, por lo que cada vez que había uno hacía desaparecer las nubes que la producían. Los meteorólogos no podían explicar esos hechos, y la falta de explicación por parte de esa rama de la ciencia no sorprendía a nadie.En el último día de lluvia aplicó su poder por última vez. La desaparición de la última nube terminó con el agua en la Tierra, lo que a su vez terminó con la vida en la Tierra, lo que terminó con su vida. Con el tiempo los océanos se volvieron a formar, utilizando el agua de la que se compone el 70 por ciento del cuerpo de los seres vivos. Tarde o temprano la vida surgirá de nuevo.
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