23.5.05

Atrapados en el ascensor

Nos conocimos de la forma más recurrente, como salido de una comedia
romántica hollywoodense. Atrapados en el ascensor. Ella, me enteré luego, se
acababa de mudar. Había vivido toda su vida en la casa de sus padres, en el
interior, y ésta era su primera visita a la ciudad, lo que le significaba
una total independencia. Viviría por primera vez lejos de su hogar. Yo, por
mi parte, venía de hacer las compras. “A qué piso vas”, le pregunté mitad
por buena educación, mitad como excusa para acercarme. “Al siete”, me dijo
sonriendo con una mezcla de timidez y encanto. La verdad era que yo me
dirigía al tercero, pero quise extender nuestro encuentro, haciéndolo durar
al menos esos otros siete pisos.
Comencé por presentarme y así supe cómo se llamaba. “Adela” repetí, “qué
bello nombre”. Continuamos por formalidades como el trabajo, el estudio y
los etcéteras. El piso siete estaba cada vez más cerca, ya no quedaba
espacio para nada más. Deseé haber tenido unos tres o cuatro pisos más de
viaje. Estábamos en el sexto. Yo ya preparaba una buena despedida que me
permitiera continuar más adelante, cuando sucedió el milagro: un súbito
apagón hizo detener nuestro inminente ascenso. Allí nos quedamos, en ese
pequeño cuarto, solos ella y yo.
Ocurrió que Adela tenía una ligera pero trascendente fobia al encierro. Casi
inconscientemente, fue acercándose hacia mí en una necesidad de protección.
Un imponente ruido sacudió el ascensor y del susto, Adela me abrazó
fuertemente. Así nos mantuvimos por largo rato, abrazados los dos. Acaricié
su pelo para tranquilizarla. Ella respondió apoyándose en mi hombro con
ternura. Luego retiró su cabeza hacia atrás, tal vez para agradecerme, y
nuestras miradas se encontraron. Sin que nos diéramos cuenta, las puntas de
las narices se pegaron, y sin que lo pensáramos ni un segundo, nos besamos
larga y apasionadamente. Como si lo hubiéramos estado esperando por años.
Desde entonces nos volvimos completamente inseparables. Compartíamos
nuestros días disfrutando de la mutua compañía, intercambiando experiencias,
haciendo locamente el amor. Me enteré que era pintora, que ese día en que
nos conocimos se dirigía a su nuevo departamento para colgar todos sus
cuadros, ordenados en una gran valija verde. Ella se enteró que yo era
médico, que no hace mucho me había recibido y que no tardé en conseguir
empleo como doctor en un importante hospital privado. Me mostró sus
impactantes cuadros, unas imágenes surrealistas, hermosas y con gran
personalidad, únicamente comparables a su bello rostro. Yo, a cambio, traje
al mundo a nuestros dos hijos, Martín y Déborah. Dos criaturas preciosas que
crecieron junto a nosotros con toda la mejor educación, alimentación y
afecto posibles. Adela y yo tuvimos nuestras primeras peleas, cada vez más
habituales, pero con el correr de los días aprendimos a sobrellevarlas y a
solucionar todo pleito en la familia basándonos en el gran amor que nos
unía.
Fueron épocas maravillosas, pero que no duraron para siempre. Adela venía
arrastrando una, en un principio, pequeña tos que empeoró hasta un punto
peligroso para su salud. Al parecer tenía una enfermedad que yo no conseguí
detectar a tiempo. La contuvimos todo lo que pudimos. Hasta que nuestros
intensos cuidados dejaron de ser suficientes. Adela murió una noche, después
de toda esa vida juntos. Tras llorar su muerte, y desde ese entonces, viví
para mis hijos. Los cuidé como lo más importante en el mundo, pues eran mi
razón para seguir viviendo. Aún lo son. El tiempo transcurrió
venturosamente, y Adela – su madre, el amor de mi vida – siguió estando
entre nosotros.
Todo terminó una mañana. Desperté como de costumbre cuando una luz me cegó.
Era una luz brillante, externa, celestial. Comprendí que había llegado el
final. Observé a mis hijos, tendidos, durmiendo dulcemente. Besé sus
frentes, acaricié sus cabellos y les susurré que todo iba a estar bien,
confiando en que me oirían en sus sueños. También me despedí de Adela, entre
lágrimas y casi de la misma manera. Me dirigí hacia ese brillo blanco, que
parecía llamarme saliendo de unas puertas ya casi abiertas por completo.
Antes que pudiera dar los últimos pasos para entrar de una vez y por todas a
ese misterioso mundo nuevo, escuché una voz que me preguntó gentilmente:
“¿Está usted bien?”, a lo que yo respondí lentamente, afirmando con una
mirada desorientada. “No se preocupe, fue un problema eléctrico en todo el
edificio, vinimos a sacarlos de ahí”.

Ezequiel Damian Mareco