Atrapados en el ascensor
por Nicolás Di Candia
Elisa y Alberto entraron juntos al edificio en el que trabajaban. Se desempeñaban en una empresa que imponía férrea disciplina, y adonde las preguntas eran mal vistas. Entraron juntos porque llegaron al mismo tiempo, no porque los uniera una relación fuera de lo laboral. Tenían que llegar al piso 32, que era donde estaban sus oficinas, y enfilaron para el ascensor. Como su hora de entrada era muy temprano todavía no había amanecido. Al verse se saludaron con ganas, era lunes y se tenían cierta simpatía.
Subieron al ascensor. Nadie subió con ellos. Marcaron el piso correspondiente y el ascensor comenzó a elevarse. Pasaban los pisos y el ascensor seguía subiendo. Nadie lo abordaba en los pisos intermedios, por lo que la velocidad era constante. Elisa y Alberto se miraban con timidez.
Al llegar al piso 32 el ascensor no se detuvo. Siguió de largo. El edificio tenía 40 pisos, y Elisa y Alberto conjeturaron que alguien lo había llamado justo antes que ellos marcaran el suyo, o algo así. Pero no. El ascensor pasó el piso 40, salió del edificio y continuó elevándose.
Al darse cuenta de que sucedía esto trataron de abrir la puerta y escapar mientras estaban a pocos metros del edificio. Esto no les fue posible debido a las medidas de seguridad vigentes, que impedían que las puertas de los ascensores se abrieran mientras las cabinas estaban en movimiento.
En ese momento no entraron en pánico. Sí se preguntaron hasta dónde llegaría el ascensor. Pero como eran obedientes empleados no formulaban esas preguntas ni objeción alguna. Al contrario, eso les permitía no trabajar, lo cual les gustaba porque habían marcado tarjeta en la planta baja y eso significaba que les iban a pagar el día igual.
A los pocos metros el ascensor, ya desconectado de todo elemento que lo uniera a su ex edificio, se cruzó con el dirigible de una conocida empresa de productos lácteos, que lanzó advertencias sonoras y pudo esquivarlo con complicadas maniobras. Alberto sacó el brazo por la escotilla de emergencia del ascensor, que estaba ubicada arriba y tenía un diámetro menor al ancho de una persona, y manoteó una caja de yogures con cereal, con la idea de tener provisiones por si el paseo se prolongaba.
El viaje era apacible y lento, al tratarse de un ascensor hidráulico. Desde afuera se lo veía, y alguna gente mostraba su estupor. Hubo denuncias de OVNIs, las cuales fueron desestimadas al comprobarse que no se trataba de ningún objeto volador no identificado sino de un ascensor que hacía con notable eficacia el trabajo que indicaba su nombre.
Alberto abrió la caja de yogures y se comió uno. Con un gesto le ofreció otro a Elisa pero ella no lo aceptó porque no era descremado. Elisa le preguntó si no había algún yogur que sí lo fuera. Es importante notar esto, no por la pregunta en sí (ni por la respuesta, que recomendamos al lector que investigue por sus propios medios) sino porque se trataba de la primera vez que alguno de ellos había hablado desde el inicio del viaje. Habían intercambiado algunas palabras en el lobby, mientras esperaban, pero eran de la clase de personas que pierde toda capacidad vocal al subirse a un ascensor. Elisa con su pregunta, y Alberto con su respuesta, demostraron que esta pérdida temporal tiene causas psicológicas y no físicas, aunque lamentablemente no había profesional alguno que pudiera certificar ese descubrimiento y enviarlo a alguna revista científica para someterlo a la crítica de sus pares.
Tímidamente empezaron una conversación, mientras el ascensor seguía ascendiéndolos. Se contaron sus respectivos fines de semana. Elisa había mirado Feliz Domingo, mientras que Alberto había ido a ver el desempate por el descenso entre Racing de Córdoba y Chaco For Ever, con la victoria de estos últimos por 5 a 0.
En un momento Alberto se puso un poco ansioso y propuso presionar el botón de emergencia del ascensor, amparado en el carácter emergente que había tomado el vehículo respecto del edificio. Elisa no tenía opinión. Alberto desistió ante esa falta de entusiasmo.
El ascensor continuaba su elevación. Ya no estaban sobre el edificio, porque se elevaban en línea recta y la Tierra seguía rotando. Para ellos seguía siendo de noche, mientras que en su ciudad ya había amanecido. Estaban por llegar a la estratosfera, sin que el ascensor se detuviera. Después de un rato pasaron la estratosfera y terminaron en el espacio interplanetario. No pasaron por la Luna porque se encontraba del otro lado, justo ese día había eclipse.
Elisa y Alberto iban entrando en confianza. Se contaron cosas de antes que entraran a sus respectivos trabajos. Uno de los dos en algún momento hizo un chiste. Elisa terminó aceptando el yogur. “A buen hambre no hay yogur entero”, dijo con una sonrisa. “Ajhá”, contestó Alberto. En ese momento se produjo un silencio. Se miraron. Se acercaron. Ambos tuvieron ideas de convertir su relación laboral en algo más íntimo. Se acercaron más. Y pararon ahí, cada uno tenía miedo de estar haciéndose ideas que el otro no. Alberto manifestó distancia y, nervioso, cortó cualquier tipo de clima con la pronunciación de la frase “Rosas: como hombre te perdono mis cadenas pero como argentino las de mi patria no”. Elisa puso cara de no entender nada y objetó: “Soy Elisa, no Rosas, ¿qué estás diciendo?”. “Estoy citando a Sarmiento”, replicó Alberto.
El visor del ascensor ya no marcaba los pisos, marcaba las distancias que los separaba de la Tierra y del sol, medidas en unidades astronómicas. Cuando habían recorrido 8 unidades astronómicas y media Elisa supo que estaban cruzando la órbita de Saturno y lamentó no tener ventanas para ver al anillado. Quiso abrir la escotilla de emergencia pero Alberto la detuvo alegando que el ascensor se iba a despresurizar.
Pasaron Saturno, Urano, Neptuno y el cascote Plutón. Pronto se convencieron de que el ascensor no se detendría. Lo cual era un error. El ascensor se detuvo al encontrarse con la nave Voyager 2, que se había desacelerado notablemente desde su lanzamiento.
Elisa y Alberto inspeccionaron la Voyager, abrieron el disco que portaba y pasaron el resto de sus vidas escuchando los sonidos de la Tierra.
Subieron al ascensor. Nadie subió con ellos. Marcaron el piso correspondiente y el ascensor comenzó a elevarse. Pasaban los pisos y el ascensor seguía subiendo. Nadie lo abordaba en los pisos intermedios, por lo que la velocidad era constante. Elisa y Alberto se miraban con timidez.
Al llegar al piso 32 el ascensor no se detuvo. Siguió de largo. El edificio tenía 40 pisos, y Elisa y Alberto conjeturaron que alguien lo había llamado justo antes que ellos marcaran el suyo, o algo así. Pero no. El ascensor pasó el piso 40, salió del edificio y continuó elevándose.
Al darse cuenta de que sucedía esto trataron de abrir la puerta y escapar mientras estaban a pocos metros del edificio. Esto no les fue posible debido a las medidas de seguridad vigentes, que impedían que las puertas de los ascensores se abrieran mientras las cabinas estaban en movimiento.
En ese momento no entraron en pánico. Sí se preguntaron hasta dónde llegaría el ascensor. Pero como eran obedientes empleados no formulaban esas preguntas ni objeción alguna. Al contrario, eso les permitía no trabajar, lo cual les gustaba porque habían marcado tarjeta en la planta baja y eso significaba que les iban a pagar el día igual.
A los pocos metros el ascensor, ya desconectado de todo elemento que lo uniera a su ex edificio, se cruzó con el dirigible de una conocida empresa de productos lácteos, que lanzó advertencias sonoras y pudo esquivarlo con complicadas maniobras. Alberto sacó el brazo por la escotilla de emergencia del ascensor, que estaba ubicada arriba y tenía un diámetro menor al ancho de una persona, y manoteó una caja de yogures con cereal, con la idea de tener provisiones por si el paseo se prolongaba.
El viaje era apacible y lento, al tratarse de un ascensor hidráulico. Desde afuera se lo veía, y alguna gente mostraba su estupor. Hubo denuncias de OVNIs, las cuales fueron desestimadas al comprobarse que no se trataba de ningún objeto volador no identificado sino de un ascensor que hacía con notable eficacia el trabajo que indicaba su nombre.
Alberto abrió la caja de yogures y se comió uno. Con un gesto le ofreció otro a Elisa pero ella no lo aceptó porque no era descremado. Elisa le preguntó si no había algún yogur que sí lo fuera. Es importante notar esto, no por la pregunta en sí (ni por la respuesta, que recomendamos al lector que investigue por sus propios medios) sino porque se trataba de la primera vez que alguno de ellos había hablado desde el inicio del viaje. Habían intercambiado algunas palabras en el lobby, mientras esperaban, pero eran de la clase de personas que pierde toda capacidad vocal al subirse a un ascensor. Elisa con su pregunta, y Alberto con su respuesta, demostraron que esta pérdida temporal tiene causas psicológicas y no físicas, aunque lamentablemente no había profesional alguno que pudiera certificar ese descubrimiento y enviarlo a alguna revista científica para someterlo a la crítica de sus pares.
Tímidamente empezaron una conversación, mientras el ascensor seguía ascendiéndolos. Se contaron sus respectivos fines de semana. Elisa había mirado Feliz Domingo, mientras que Alberto había ido a ver el desempate por el descenso entre Racing de Córdoba y Chaco For Ever, con la victoria de estos últimos por 5 a 0.
En un momento Alberto se puso un poco ansioso y propuso presionar el botón de emergencia del ascensor, amparado en el carácter emergente que había tomado el vehículo respecto del edificio. Elisa no tenía opinión. Alberto desistió ante esa falta de entusiasmo.
El ascensor continuaba su elevación. Ya no estaban sobre el edificio, porque se elevaban en línea recta y la Tierra seguía rotando. Para ellos seguía siendo de noche, mientras que en su ciudad ya había amanecido. Estaban por llegar a la estratosfera, sin que el ascensor se detuviera. Después de un rato pasaron la estratosfera y terminaron en el espacio interplanetario. No pasaron por la Luna porque se encontraba del otro lado, justo ese día había eclipse.
Elisa y Alberto iban entrando en confianza. Se contaron cosas de antes que entraran a sus respectivos trabajos. Uno de los dos en algún momento hizo un chiste. Elisa terminó aceptando el yogur. “A buen hambre no hay yogur entero”, dijo con una sonrisa. “Ajhá”, contestó Alberto. En ese momento se produjo un silencio. Se miraron. Se acercaron. Ambos tuvieron ideas de convertir su relación laboral en algo más íntimo. Se acercaron más. Y pararon ahí, cada uno tenía miedo de estar haciéndose ideas que el otro no. Alberto manifestó distancia y, nervioso, cortó cualquier tipo de clima con la pronunciación de la frase “Rosas: como hombre te perdono mis cadenas pero como argentino las de mi patria no”. Elisa puso cara de no entender nada y objetó: “Soy Elisa, no Rosas, ¿qué estás diciendo?”. “Estoy citando a Sarmiento”, replicó Alberto.
El visor del ascensor ya no marcaba los pisos, marcaba las distancias que los separaba de la Tierra y del sol, medidas en unidades astronómicas. Cuando habían recorrido 8 unidades astronómicas y media Elisa supo que estaban cruzando la órbita de Saturno y lamentó no tener ventanas para ver al anillado. Quiso abrir la escotilla de emergencia pero Alberto la detuvo alegando que el ascensor se iba a despresurizar.
Pasaron Saturno, Urano, Neptuno y el cascote Plutón. Pronto se convencieron de que el ascensor no se detendría. Lo cual era un error. El ascensor se detuvo al encontrarse con la nave Voyager 2, que se había desacelerado notablemente desde su lanzamiento.
Elisa y Alberto inspeccionaron la Voyager, abrieron el disco que portaba y pasaron el resto de sus vidas escuchando los sonidos de la Tierra.
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home