10. 23/4: Completar el cuento "Perfección".
Juan Pablo Graglia
Perfección (Aldo Cánepa, autor uruguayo)
Un hombre se encontró un día en posesión de una facultad que desde su
infancia había anhelado tener. ¿Por qué no sería posible, pensaba cuando
tenía alguna contrariedad, que las personas y los animales y los objetos
desagradables desaparecieran de mi vista en cuanto yo lo deseara?
Un muy buen día, ya casado y algo canoso, encontró de pronto que sus deseos
se estaban cumpliendo totalmente. Lo notó primero, sin creerlo, en momentos
en que se hallaba en su casa, recostado en un perezoso, oyendo música
clásica. El mate, el termo, los cigarrillos, estaban al alcance de su mano,
en una mesita baja. Sobre una repisa, junto a un florero, percibió una
presencia molesta: un frasco de laxante. 'No debería estar ahí', pensó; y
cerró los ojos para no verlo. Cuando los abrió, el frasco no estaba. 'Se lo
habrá llevado mi señora', fue su conclusión.
Unos minutos después llegó un amigo, y su placidez se vio interrumpida.
'Si desapareciera...' se dijo mientras lo escuchaba hablar con entusiasmo de
una porción de cosas que maldito si le interesaban. Súbitamente se encontró
solo en la habitación. Tuvo todas las reacciones que semejante caso imponía:
se restregó los ojos, sacudió enérgicamente la cabeza, tanteó la silla en la
que un segundo antes se hallaba su amigo, recorrió la casa, preguntó a su
mujer si fulano se había marchado. Su esposa
lo había hecho entrar pero no lo había visto salir. Finalmente se convenció
de que, por increíble que fuera, se estaba realizando el más querido de sus
sueños.
Unas pocas experiencias con varios objetos poco útiles lo convencieron en
forma definitiva. Recobró la serenidad. 'Debo aprovechar esta capacidad
increíble, sin dejar saber a nadie que la poseo. Así llegaré muy pronto a la
felicidad más completa'. Continuó escuchando música sinfónica en la misma
habitación, recostado en el mismo perezoso, con una placidez a la que ahora
se agregaba una nota triunfal. El mate y los cigarrillos sabían mejor que
nunca. Hasta que se acabó el agua del termo y debió pedirle a su mujer que
le calentara más.
Volvió ella con el termo lleno, pero en lugar de continuar con sus
quehaceres se quedó contándole algunas nimiedades que no le permitieron
gozar adecuadamente de la música y, como otras veces, lo fastidiaron. Apenas
lo hubo pensado, su esposa desapareció. 'Mejor; así no me molestará más',
pensó tras un breve instante de pánico. Y continuó con la audición, el mate
y los cigarrillos. Todo era perfecto en esa habitación: ni una sola nota
discordante.
Su vida siguió en su tan anhelado estado de perfección por los dos
siguientes días. No salió de su casa. Estaba feliz, en paz, pleno. El
domingo por la mañana, ya adaptado a su nueva forma de vida, se preparó un
abundante desayuno y leyó el diario de punta a punta. Cocinó ravioles con
fileto para el almuerzo y se dispuso a resolver una revista de crucigramas
mientras aguardaba la hora en la que el equipo de sus amores se jugaba la
posibilidad de ser campeón por primera vez en su historia. Tenía tres
cervezas bien frías y un champagne en el congelador esperando ser
descorchados para celebrar. Todo estaba de maravilla.
Se acomodó en su sillón. Empezó a ver la previa. Hora del partido. Puntapié
inicial. Sin vacilar, el televisor se apagó. El hombre se incorporó de un
salto. Se acercó a la tv y la empezó a golpear, pero no la pudo hacer
funcionar. Fue hasta el equipo de música: no tenía electricidad. Buscó la
spica en la baulera, pero no estaba. Maldita y adictiva tecnología,
protestó. Estaba desesperado. La ansiedad era insostenible. Fue a lo del
vecino, donde se escuchaban gritos, evidentemente estarían viendo el
partido, pensó. No le importaba el odio que sentía por el dueño del hogar
lindante, ya que el amor por su club lo llevaba a hacer cualquier cosa con
tal de no perderse la posible obtención del primer campeonato. Iba a tocar
timbre, pero vio que la puerta se encontraba abierta. Se animó a entrar. Fue
cruzando puertas hasta llegar a la sala, pero la casa estaba vacía. Allí no
había ninguna persona ni ningún objeto. Nada. Sorprendido, recorrió cada
ambiente y cada uno de ellos se encontraba del mismo modo. Maldito hechizo,
blasfemó.
Salió a la calle. Comenzó a correr. No podía perderse el partido, tendría
que encontrar la manera de verlo. Había vivido toda una vida deseando vivir
ese momento. Se dirigía hacia el centro cuando se dio cuenta de que cada
objeto que él detestaba desaparecía cuando estaba aproximadamente a cinco
metros de distancia. Así desaparecieron de su vista los semáforos, los
árboles, los perros y sus excrementos, las flores, etc.
Se detuvo. No concebía lo que le estaba ocurriendo. Quiso hacer la prueba
detenidamente. Vio a un anciano con cara de bueno que se acercaba a él
arrastrando el cochecito de un bebé. Al rato, el anciano, el bebé y sus
pertenencias desaparecieron. No era posible. Ya irían más de 20 minutos de
partido. Escuchó un gol. Gritó desgarradamente. Luego, al darse cuenta de
que el gol podría haber sido del contrario comenzó a golpear su cabeza
contra el suelo. Empezó a revolcarse intentando hacer desaparecer el
hechizo. Daba vueltas carnero. Se raspaba contra una pared. Cada vez se
desesperaba más. No tenía más remedio. No le encontraba solución a su
solución. Odiaba con todo su amor a su deseo y se odiaba con todo su amor a
sí mismo. Desapareció.
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